Salam Aleikum

Ante todo advertir que este es el diario de un viaje a Marruecos escrito por una persona muy poco viajada y poco leída (en el baño en ocasiones leo las propiedades de los geles y demás productos de higiene personal), por tanto para muchos os parecerá una visión muy pobre de Marruecos, no pretendo con éste aconsejar a viajeros que pretendan ir a este país, ni ilustrarles sobre esta cultura, este blog es un anexo de mi blog de humor: http://www.freewebs.com/danigavilan/ y tan sólo intento teñir de humor las vicisitudes en las que nos vimos envueltos; en caso de que os interese que os asesore sobre los lugares donde dormimos o comimos siempre podéis enviarme un correo electrónico y con mucho gusto recuperaré la maltratada guía (Rotard/Trotamundos) que nos acompañó en el viaje.

A todos los que paséis por aquí espero que os guste (y sino volved a la página porno que habíais cerrado) y con cariño os mando un abrazo enorme (enfermos, que sois unos enfermos, “todo el día a la pajilla” como decía el gran Rubianes).

Primer día

Al llegar al aeropuerto de Casablanca nos realizan un ritual similar a los ejercicios de descompresión de los buzos. Es decir, nos acostumbran a su sano ritmo: 1 hora y cuarto para que miren el pasaporte y les digamos en que hotel nos hospedamos. En este ritual el gendarme realiza diversos actos sagrados como  cambiar de silla con el cuidado y la delicadeza de un alfarero; ir a buscar tinta para el sello 2 veces y finalmente cambiarse de ventanilla para colmar el ritual con el último acto: sellar el pasaporte. A continuación hemos saboreado la educación marroquí, que ante su sano hábito de ser optimista y no responder con negativas nos han hecho creer que el autobús pasaba cercano al aeropuerto; el resultado es una espera y paseo gratuito por los alrededores de éste.

Decidimos la inteligente opción del tren, todo va como la seda hasta que nos pasamos de estación y creamos un debate entre los lugareños de cual es la mejor estación para dirigirnos al centro de Casablanca; de aquí sacamos otra conclusión: mejor preguntar lo justo; no porque nos engañen sino porque hablamos de una cultura ávida de polémica y del debate.

Finalmente encontramos el centro de una ciudad, y ahora voy a decir un topicazo brutal, “llena de contrastes” (ya me pueden dar el premio Planeta, que originalidad, que sagaz, puro genio...) Entre venta ambulante de garbanzos, pollitos pintados de colores por un señor de sonrisa gaudiniana (inacabada) y camiones más altos de carga que largos, hay tiempo para frustrarse intentando hacer una llamada a España; porque en Casablanca, como en el resto del país, es básico defenderse un poquito con el francés si no quieres acabar debajo de una chilaba implorando una repatriación; suerte de Noemí que domina más idiomas que Tolkien.

 

Contemplándola, se trata de una ciudad que tuvo un momento álgido pero que ahora de aquello sólo quedan edificios de película catastrofista donde anidan las palomas; aún así, Casablanca está viva y se sostiene de la solidaridad entre los ciudadanos y del inexistente sentimiento clasista de sus habitantes: de una bonita y occidentalizada tetería puede salir su dueño a saludar al consumidor de disolvente y aparcacoches que a su vez recibe 5 dirhams de uno de los clientes que sale del lugar y agradece las indicaciones del pobre miserable que le saluda con buen humor; tú me compras a mi, yo te compro a ti, estrechamos una mano y así gira y gira la vida en este rincón del mundo donde no se apresuran ni los gatos.

 

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Segundo día

Deleitados por otro de los rituales marroquíes: lanzamiento y aplastamiento de equipaje, tomamos un autocar hacia Essaouira. En un transporte castigado por un aire acondicionado incontrolable y caprichoso, hacemos un recorrido de 6 horas por la costa atlántica siguiendo las sabias palabras de gran Kiko Veneno: “y si me persiguen me iré más al sur”. Entre adelantamientos que no tienen nada que envidiar a los de Mad Max nos adentramos en un Marruecos rural de pueblos que se asoman curiosos hacia la carretera por donde llegan unos camiones chuli-tuneados cargados de carne, muebles, cachivaches de plástico y gaseosas. Toda una aventura en autocar donde hay tiempo para que el familiar de unas pasajeras golpee al conductor en la cara por su tardanza en llegar a la parada donde esperaban; todo se resuelve con los gestos alentadores y pacificadores de los allí presentes que tranquilizan a los dos hombres ( esto en Barcelona se resume en un Síndrome del Espectador y actuación de Mossos cuando ya haya corrido sangre). Cien kilómetros antes de llegar a nuestro destino, paramos en un pueblito donde los niños limpiabotas a ritmo de “Monsieur, monsieur!” nos abordan y nos intentan comprar con sonrisas de angelito.

 

Por fin llegamos a Essaouira y descubrimos aquello de que tantos nos avisaban guías y amigos que habían visitado estos lares: los “burchadores”. “Burchar” es un verbo que viene del árabe antiguo y etimológicamente se desglosa en dos conceptos: “Bur”, que quiere decir “hombre” y “Char”, que quiere decir “devorador de cabeza”. Este simpático arte consiste en venderte lo que sea con habilidades y artimañas que sólo los comerciantes de este rincón del mundo dominan; como algunos ejemplos destacamos: invención de origen de familiares (toda Essaouira tiene familia en Vic, si esto es cierto seguramente Vic se asemeje a Bagdad pero al estilo Cataluña profunda), acertar con la nacionalidad del turista (por esa regla yo sería más bien gabacho) e intuir qué buscas (de la misma forma, yo he ido a Marruecos a drogarme, es algo que debo a mi aspecto de toxicómano).

Aún así, se crean situaciones simpáticas, no nos parece que se dirijan a nosotros de una forma violenta ni avasalladora y cuando ven que no nos interesa algo ellos mismos contestan con tono sosegado: “no problemo, no problemo”.

También hemos podido gozar del viento del Atlántico, de las vistas a unas dunas donde se dibujan los perfiles de algunos dromedarios y de un sabroso tajín que nos ha saciado cuerpo y alma hasta el punto que no nos hemos acordado ni de cenar.

La anécdota del día la he protagonizado contestando a un camarero “chenkui”, en lugar de “Chucrane”; es decir que Borat me ha tatuado el subconsciente, wa wa wi wa!

Tercer día

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Endulzamos la mañana en una pastelería para comenzar el día. Nos dirigimos hacia el puerto donde algunos hombres tejen redes de pescar, las mismas donde otros descansan con pose de maja desnuda y algunas gaviotas pugnan por trozos de pescado. En el astillero se aprecian las costillas de un barco, un señor nos intenta explicar el proceso de fabricación de estos titanes del mar pero al ignorarlo nos dice: ¡olala, ya estoy hablando para nada!. Hace viento y el atlántico castiga a los que faenan.

Después de comer y en un ataque de pseudo-culturalitis vamos al único museo local, donde se pueden ver algunos vestigios romanos y fenicios encontrados en Essaouira y en las islas cercanas a la ciudad; allí un señor nos explica la “opción” que representa el tapado de la mujer árabe; opción ya que actualmente no es obligatorio, él único inconveniente es que quien elige una opción u otra es el hombre.

 

Después de dicho espacio cultural, debíamos purgarnos con una actividad más banal, así que decidimos ir a la playa hasta donde se encuentran los dromedarios y así imitar un rato lo que hacen con la boca, que siempre es divertido. Aquella tarde el viento seguía castigando Essaouira y la arena de playa se pasearía por nuestros dientes, oídos y zapatillas hasta el final del día.

Cansados de caminar hacemos un crepe que nos sirve un simpático señor que da saltitos a la vez que gira la masa de estas delicias hipercalóricas.

No hartos ni saciados, nuestros veintitantos años de infidelidad al Islam nos hace recordar el sabor de la cerveza y de camino a tan ansiada copa, irónicamente los jovenzuelos me siguen ofreciendo todo tipo de vicios (esta vez hasta heroína) excepto lo que buscamos. Llegamos a unos de los locales más “cool” de la ciudad, probamos la “Casablanca Beer” y calmamos así el síndrome de abstinencia; la terracita del lugar mira hacia una de las mejores vistas de Essaouira así que decidimos quedarnos hasta la hora de cenar.

Cuando oscurece la ciudad parece otra, los turistas desaparecen y se rifan las últimas gangas; no hay cámaras frigoríficas, hay que vender lo que quede del día... o regalar, porque en Essaouira todos cuidan de todos y los ancianos encuentran la “Seguridad Social” en la generosidad de los que tienen algo, nunca mucho, pero al menos algo.

Cuarto día

Au  revoir Essaouira, que nos vamos rumbo a Marrakesh. Allí llegamos confiados por nuestro eurocentrismo y creyendo que se trataba de otra ciudad con las dimensiones de un pueblo, intentamos caminar desde la estación de autocares hasta la Medina, donde están los hoteles que nos recomienda la guía. Intento frustrado, es imposible ya que las calderas del mismísimo infierno junto con todos los radiadores de toda la flota de autobuses del TMB, más el aliento de Gozdilla se habían apoderado de Marrakesh y no hacía calor sino que EL CALOR personificado nos estaba dando de ostias a diestro y siniestro. Casi desfallecidos Noemí y yo conseguimos mirarnos y (por una vez en la vida) pensamos lo mismo: un taxi. El primero pasa de nosotros ante un regateo rastrero que no se por qué decidimos hacer ante ese panorama achicharrante. El segundo nos lleva cerca de la plaza Jemma El Fna. Aquí entendemos lo peligroso que es ir con una mochila, es como llevar minifalda en una prisión, los cazaturistas nos acechan en cada esquina.

Entre calor y “amigo, amigo hotel, Riad bonito aquí” llegamos a nuestro alojamiento. En este momento, no sé si por efecto de el calor, se nos ocurre una gran estupidez: ir a ver parte del zoco después de comer. El resultado de tal heroicidad (entre heroicidad y estupidez hay escasas diferencias) es dos españolitos a punto de desfallecer y comerciantes y buscavidas riéndose de nuestro jeto; incluso uno nos dice: ¿qué buscas?, ¿ la playa? (¯festival del humor ¯)

Marrakesh no es lo que buscamos así que después de engullir algo líquido vamos a buscar billete para salir mañana hacia Ouarzazate.

En el taxi Noemí bromea tanto con el taxista que éste le dice “tu est une comedian” (¯festival del humor ¯one more time!)

Por tanto, nos quedaba una tarde en Marrakesh para deambular (por la sombra, por supuesto). Y cual es nuestro asombro que coincidimos en un locutorio con un chico marroquí que hablaba mejor el catalán que Pompeu Fabra, nos explica una historia con una azafata de Barcelona y que él ha aprendido la lengua gracias al canal internacional de TV3 (mira, al final vale la pena pagarla, parece que sirve de algo).

Pasamos la tarde observando el comportamiento de los niños (y es que aquí juegan en la calle y no tienen ningún mando ni artilugio soldado a las manos) y al anochecer la plaza Jemma El Fna resulta aún una atracción más kitch. Hombres vestidos de mujeres, serpientes, monos, tatuadoras de jenna, músicos y unas freidurías para guiris similares a las terracitas de la rambla de Barcelona.

En estas terracitas volvemos a encontrarnos al marroquí catalanoparlante y a un amigo suyo que nos recita “La lluna y la pruna” de pe a pa; hipnotizados por la facilidad para absorber idiomas que demuestra esta gente y por los dientes salidos que siguen recitando versos infantiles, uno de ellos reconoce que estas habilidades son necesarias para la gente como ellos que vive del turismo; el otro chico dice que tiene familia en España pero que es un país de crisis y la gente trabaja en mafias... aunque adereza el comentario matizando que también hay muy buena gente.

 

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Quinto día

Tomamos el autocar hacia Ouarzazate, en él nos obsequian con una bolsita negra de plástico, al parecer es un trayecto retorcido; en efecto, nos adentramos en carreteras sinuosas, cruzamos el Alto Atlas entre montañas de postal y pueblitos encantadores al son del vómito de los estómagos más delicados. En un pequeño pueblo de carretera paramos a desayunar y Redaoui Abderraman, un simpático camarero embutido en un chándal de tergal, se hace una foto con nosotros y nos enseña los huertos de la aldea; antes de partir y con mucha naturalidad nos da su dirección para que le enviemos una copia de las fotos; ingenuos de nosotros le pedimos el mail (¡si hombre! Y el facebook, no te jode)

Seguimos el viaje entre laderas y al llegar a nuestro destino vemos unos estudios cinematográficos y unos decorados que emulan castillos medievales. En un pequeño bar ya nos venden un pack para disfrutar del desierto durante 3 días, rehusamos la oferta ya que al hotel donde nos dirigimos también programan excursiones. Así hacemos y si todo va bien en un par de días estos dos españolitos estarán a lomos de un dromedario (y podemos perfeccionar nuestra imitación de cómo mastican, que es a lo que hemos venido a Marruecos). Malgastamos la tarde en busca de un hotel que tenga piscina y nos permitan bañarnos; el único al que entramos nos miran de arriba abajo y nos piden 100 dirhams a cada uno (10 €); salimos tal y como entramos y comienza a llover y como de costumbre nos marcamos la españolada de pasearnos por el pueblo en bañador y con toalla multicolor bajo una lluvia de clima desértico. Ouarzazate se nos presenta aquella tarde aburrido y sólo se nos ocurre consumir (helado, te, cocacola....). Al final optamos por volver a la habitación con una cerveza; en el supermercado pseudoclandestino se agolpan hombres nerviosos que compran alcohol temerosos como si estuvieran haciendo algo muy malvado; a todos les dan una bolsa negra menos a nosotros que ante tanta vergüenza escondemos la lata en la toalla dominguera.

Improvisamos un ahorcado en la habitación esperando la hora de cenar y al anochecer nuestro hotelero nos concreta que la salida al desierto la haremos pasado mañana y que mañana nos lleva “for free” a una Kasbah. Parece que el desierto se hace de rogar.

Sexto dia

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Nos levantamos acalorados y con el mismo capricho del día anterior de pegarnos un baño. Desde la terraza del hotel divisamos un lago relativamente cercano y soñamos en bañarnos en sus aguas que desde aquí parecen cristalinas. Tanto el hotelero como un taxista que nos acerca al paradisíaco lugar aseguran que allí se baña todo el mundo... salimos del taxi y perplejos y atónitos pagamos al taxista. Se trataba de otra “bromilla marroquí”, en el lago campaban a sus anchas ovejas, botellas de lejía, ranas y lodo; ni rastro de ningún bañista. Malhumorados nos acercan a un hotel con piscina y nos abandonamos al turisteo fácil y consumista. Por 100 dirhams pasamos la mañana en remojo y haciéndonos fotos como dos adolescentes.

Después de comer nuestro hotelero nos invita a visitar una kasbah a 30 km de Ouarzazate, Ait Ben Haddou, simpático lugar hecho evidentemente como todas las kasbahs con adobe, donde nos desvalijan los cazaturistas. Hoy no es nuestro día, así que volvemos a Ouarzazate a pegarnos otro baño de guiri acalorado. Horas antes con Noemí comentábamos que el sol de esta tierra no despelleja y... a esa hora de la tarde estábamos al rojo vivo y nuestra única defensa era un protector solar de 10, que es lo máximo que nos ofrecía el supermercado pseudo-clandestino.

La noche nos devuelve un Marruecos más sosegado y amable, cenamos en una terraza tranquila y en otra nos sirven dos tes con menta. Nos vamos a dormir quemados, acalorados y con expectativas hacia el desierto que nos espera mañana con sus arenas, sus oasis, sus dromedarios, sus bereberes, super super auténtico tía...

 

Séptimo día

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Hispanos, italianos y franceses nos embarcamos en una aventura que seguramente salga pronto en la gran pantalla; lo que en principio parecen paseítos por valles y pueblitos, al atardecer se convierte en barranquismo extremo por unos cañones; nuestro guía Esadik nos acompaña es esta gesta que resulta terapéutica después de tanto zoco. Descubrimos un lugar precioso llamado Valle del Dades; mientras, Esadik nos ilustra sobre la cultura Bereber, el proceso de construcción de una kasbah, los tatuajes y el significado de éstos, e incluso comenta cierta semejanza de su pueblo con la historia de Cataluña. Yo por mi parte intento pillar sus explicaciones en francés que con paciencia me traduce Noemí en ocasiones y en otras Quim, uno de los miembros del equipo hispanoparlante residente en Vilafranca y majo en esencia.

También me da tiempo para acercarme a la fauna autóctona y un escarabajo me premia con un líquido apestoso que dos días después seguirá tiñendo mis dedos.

Al anochecer nos reconfortan con sopa y cous cous. Contentos pero extenuados nos vamos a dormir ante unas montañas donde se dibuja un rostro femenino que inspira la misma paz que nos ha regalado el día.

 

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Octavo día

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Ahora la cosa va en serio, nos dirigimos hacia el Sahara; el aire no puede ser más caliente, “me arde y me quema” como a Calamaro en Alta Suciedad, el paisaje se empobrece y a la vez se hechiza cada vez más, en cada kilómetro más árido y cuando parece que no puede secarse más aún es capaz de drenar todo ápice de vegetación. Irónicamente a ambos lados de la carretera se pueden leer carteles donde reza “Camping” (como para traer a los niños y a la suegra en agosto, ¡unas vacaciones de muerte!). Llegamos a Merzouga y tomamos una pista polvorienta que nos dirige a las dunas de Erg Chebi. En el campamento “lanzadera de camellos” me embuten en un turbante y Noemí opta por reciclar uno pantalones estampados con motivos florales, adoptando un aspecto de mujer de la limpieza. Nuestros amigos los dromedarios están en la pista de despegue moviendo sus mandíbulas cual pastillero bakala: es hora de partir. Nos espera un trayecto de hora y media entre dunas hasta un campamento bereber. No podemos mediar palabra a causa de la belleza del lugar y en parte también porque estamos concentrados en conservar nuestros genitales, ya que las sillas que nos han puesto son dignas de sala de torturas medieval.

Al llegar al campamento nos sirven te al ritmo de la caída del sol. Arena y cielo, nada más en kilómetros y kilómetros a la redonda, un primer paseo por las dunas me permite descubrir que hasta en estas condiciones la vida fluye tímidamente: un pozo, cuatro jaimas, escarabajos, lagartos, alguna palmera, un gatito , ¡niños jugando a fútbol!. Hay seres humanos que deberían clasificarlos en otra categoría: superhéroes, semidioses, ¿maradonas?... Se vuelve a dar lugar otra ironía de la vida y a la hora de cenar nos sirven un tajín grotescamente delicioso, en medio del desierto la zanahoria, la patata, la carne, el caldo, las especies parecen intensificar su sabor pero desgraciadamente el calor no me permite comer mucho, a parte de que a este occidental comodón está condicionado por sus necesidades fisiológicas y no quería llenar el buche para después tener que vaciarlo entre dunas y escarabajos peloteros, o sea te lo juro.

Después de la cena los chicos franceses (Jaques & Jack) sacan la guitarra y la fusionan al ritmo de la percusión bereber. La fiesta se traslada a lo alto de una duna cercana al campamento y se rulan porros y botellas. Al festival se añaden unos americanos bañados en vodka (que guay la resaca en el desierto con su solete y todo). Entre los cantos bereber hay piezas folklóricas (y esto es real) “alcohol, alcohol hemos vinido a emborricharnos...”o “la bamba”; saben como seducir al turista y como hacernos reír, algunos juegan a cogerse de los pies y arrastrarse duna abajo y otros percuten los tambores de forma hipnótica.

Aquella noche hacemos vivaque pero no nos ocurre como en los dibujos animados que despiertan enterrados en arena y sólo se ven los pies; así que el viaje debe seguir ¡chow mas gou on!

 

Noveno día

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Desayuno breve, se ensillan a los dromedarios y Noe y yo compramos un par de estos animalitos pero de juguete y a menor escala a unos niños hipervergonzosos. Mis testículos imploran piedad pero yo no les doy tregua y subo al camélido sin pensármelo dos veces; adiós desierto, chao dunas, see you later Erg Chebi. El “campamento-lanzadera de dromedarios” se resiste a aparecer y mis bolsitas de te inglés (porque ya no se puede hablar de genitales) se impacientan.

Por fin llegamos, ducha reconfortante, chiste picante bereber y chocada de manos debilucha, au revoire que nos vamos; no puedo esconder mi alegría al saber que volvemos a tierras más respirables pero contento de haber vivido una experiencia tal como adentrarme en el desierto; la próxima vez mejor en otra época.

El guía nos deja en Risani ya que nuestra intención es ir hacia Mequinez, y en esa población cercana a Merzouga sale un autocar de nuestra compañía amiga de transportes interurbanos: la CTM. El autocar sale a las 20:00, así que tenemos 6 horas por delante en un pueblo devorado por el calor, los cazaturistas pesados y los bares cochambrosos. Se nos dispara el neurotransmisor de turista occidental y nuestro objetivo se centra en encontrar un hotel con piscina. Los taxistas nos intentan timar, los gendarmes dan indicaciones relativamente acertadas, pero muy muy relativas y al final aparece un HEROE: Lahcen. Este señor de gorra militar con tachuelas y subido a una moto con carga trasera nos acomoda con una mantita sucia en la parte de atrás de su vehículo y nos lleva al hotel por menos de 3 €. Resulta ser encantador y atento y le citamos para que nos pase a buscar a las 18:00.

En el hotel nos pegamos un baño de reyes en una piscina para nosotros solos; un regalazo que nos hace qué pensar mientras unos chavales que no superan los 18 años cargan carretillas a 47º en una zona del hotel que se está remodelando. A las 18:00 desde la recepción nos hacen una llamada a Lahcen; esto me recuerda a la típica escena de Batman en la que el comisario Gordon proyecta aquella luz en el cielo que dibuja la silueta de un murciélago con intención de que el héroe de Gotam City le deje las cosas claras a algún villano.

A los cinco minutos el ruidoso vehículo se planta en la puerta del hotel y ante los ojos atónitos de los presentes nos acomodamos en la roñosa mantita y despegamos hacia la estación CTM de Risani. En los dos kilómetros Lahcen nos explica cositas de su pueblo con dulzura y para la moto en medio de la carretera si hace falta, considerando que la comunicación es más importante que la seguridad vial. A Noemí se le escapan un “que rico” ante tanta entrañabilidad que supura el señor por todos sus poros. Nos hacemos una foto con él y nos desea buen viaje con la mano en el corazón, le vemos alejarse en su moto mientras pensamos: Ahí va un héroe.

En la espera para el “chek-in” del equipaje observamos sentados en el escalón de una entidad bancaria como transcurre la tarde en Risani; un simpático y orondo conductor nos invita a subir amablemente. En el trayecto Noemí se comienza a encontrar mal y un servidor está lleno de gases como un zeppelín, el conductor no tiene ningún problema en para el autocar cuando sea necesario y se muestra atento con nosotros. Llegamos a las 4:15 de la madrugada a una ciudad semejante, en un principio, a cualquier otra pero parece que los hoteles se mantienen reticentes a dejarnos una habitación; todos dicen desde la puerta y con legañas en los ojos: Complet, complet!

Noemí vomita pero aguanta con la fortaleza que le caracteriza, esta chica es medio bereber.

Al final encontramos uno que según la guía es medio selecto, nos dormimos con dolor de barriga pero fresquitos al fin.

 

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Décimo día

Demasiado rock’n roll para el body; Noemí no se encuentra del todo bien pero intentamos acercarnos a la medina de Mequínez con un guía que nos aconseja nuestro hotelero. Noe no aguante más de media hora y vuelve al hotel a descansar. Yo sigo la ruta en la que el guía me aclara conceptos básicos con los que entender un poco más lo que hemos ido viendo durante el viaje. Accedemos a una escuela coránica y a la vez mezquita, el museo de la ciudad que a la vez es una antigua casa de una familia burguesa de la época del protectorado francés.

Explica un poco más detenidamente la cultura bereber, las dinastías más influyentes en la historia de Marruecos, conceptos de la cultura actual como el fenómeno social que representa ir a un comercio, tan peculiar que de hecho no tiene porque concluir con la compra de nada.

Como toda ruta con guía, acaba en la tienda de algún vendedor de alfombras coleguilla del susodicho. Aquí me ilustran sobre el significado de los bordados de las alfombras bereber: existen unas con motivos infantiles, otras que las mujeres bereber utilizan para comunicarse con el hombre con el que se casarán, otras que son de materiales y tintes que ayudan al descanso...También me explica el proceso del damasquinado (figuras de hierro forjado con hilo de plata incrustado). De aquí sale el souvenir para la familia.

Mi guía parece impaciente por irse y se muestra más preocupado por Noemí que yo; me parece bien acabar la ruta en aquel momento pero al chico se le veía el plumero; turistada acabada vuelvo al hotel donde pasamos la tarde en la terraza comiendo arrocito y manzana y dando vueltitas de jubilado en una ciudad con toques de occidente donde nadie intenta venderte nada... ¡que descanso!

 

 

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Onceavo día

Estamos enfermos; Noemí sigue con malestar y  mi me va a explotar la cabeza de dolor a lo Tarantino. Queremos irnos de Mequinez, decidimos cambiar nuestro rumbo hacia Larache, un bonito pueblo en la costa a dos horas en coche al sur de Tánger; la guía lo pinta como un lugar donde descansar. El autocar no sale hasta las 19:00 así que volvemos a la caza de un hotel con piscina, esta vez más caro y más ostentoso, pero la sombra de un pino nos reconforta y revolcados en la hierba parece que todos los males duelen menos.

El trayecto hacia Larache es un despilfarro de pitas, pinos, olivos, cedros, chumberas y palmeras tan altas que parecen fuegos artificiales congelados; la vista sería aún más bonita si algunos viajeros no compitiesen por ver quien sube más el volumen de sus politonos.

A las 22:00 llegamos a un pueblito que parece ser precioso, casas pintadas de azul y blanco y gente por las calles huyendo de el calor y buscando la conversación del vecino, los comercios no cerrarán hasta las 24:00, Noemí y yo no podemos disfrutar del encanto que se nos presenta y nos abandonamos a los brazos de Morfeo.

Doceavo día

Nos levantamos peor, el viaje parece que no se finaliza sino que más bien se está suicidando cual niño Emo. Deambulamos a primera hora de la mañana buscando tostaditas y pavo cocido, pero las calles se plagan de hierbabuena, sardinas a la brasa, cebollas, gallinas, conejos, pan... os podéis imaginar la mezcla de olores; estábamos a punto de arrastrarnos como si se tratase de una trinchera y al final acabamos en un bar a 10 metros del hotel donde nos hospedamos, comiendo pan tostado y engullendo agua.

A nuestro jeto hay que añadirle lo hipnótico que resultaba una pantalla enorme en la que retransmitían el canal National Geographic de Abu Dabi, adaptado a los intereses del público musulmán (no mucho mejores que los intereses del espectador occidental).

Después de esta experiencia parapsicológica, Noemí y yo decidimos algo: abortar el viaje; nos encontrábamos mal y exhaustos y Noemí no conseguía remontar el dolor abdominal, así que buscamos un vuelo para la próxima mañana. Entre cyber y locutorio para conseguir un vuelo, hay otro intento de timo y yo por mis adentros pensaba: “Marruecos tío, no acabemos mal el viaje, vamos a llevarnos bien colegí”.

El autobús de Larache a Tánger representó una infidelidad hacia nuestra inseparable CTM y optamos por una “compañía” que seguramente su lema sería :”tonto el último”.

Antes de partir hay tiempo para que vendedores de dulces y frutos secos suban al autocar para ofrecernos sus delicias, yo temo que suba el vendedor de garbanzos de Casablanca y un burro cargado de hierbabuena, soy un pesimista, qué le vamos a hacer.

 

Si del maletero del trayecto de Risani a Mequinez salió una moto, en este último trayecto sale el cuadro de mandos de un coche y parte del equipo electrónico del susodicho. En los 10 minutos que esperamos un taxi para ir al aeropuerto nos da tiempo para sentir los ojos de los niños esnifadores de cola que se clavan en nuestras pertenencias.

En el aeropuerto un médico ausculta atentamente a Noemí, según éste dice que tiene muchos gases y cree que tiene que ver con la alimentación, es decir: un pedo nos está jodiendo las vacaciones(?).

Son las 2:25, 3:25 en España, un hombre está a mi lado impaciente por un vuelo hacia Alemania, creo que a Colonia y por alguna razón cree que entiendo alemán, así que la conversación es surrealista con ganas.

No sé si es el cansancio o los virus que anidan “in my body”, pero creo que la enorme fotografía que preside el aeropuerto con el jeto del rey Mohamed VI me mira con la misma expresión que la Gioconda.

Pasar la noche es un aeropuerto da para muchas canciones, novelas, películas...incluso oraciones porque hasta en este rincón duty free se oye la llamada a la oración y el encargado de change, cambio, wechsell, exchange, valuta... se orienta hacia la Meca. El cambio deberá esperar.

 

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Treceavo día

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¯Me he pasado la noche en vela, como la vez primera en que te vine yo a rondar ¯. He hecho el papel de macho protector y he estado despierto para ver como se encontraba Noemí; pero es ella quien me despierta para el chek-in, “menudo novio” debe pensar ella.

Volvemos a presenciar un ritual, esta vez de despedida y el policía nos obsequia con 5 minutos de sellado de pasaporte, todo un placer para los sentidos, sobre todo cuando los tienes todos prácticamente dormidos.

El trayecto de Tánger a Casablanca es breve, pero en Casablanca debemos esperar una hora. Aprovechamos como carroñeros a hacer las últimas  compras de souvenirs para aquellos amigos y familiares con los que debemos quedar bien (por el tema de herencias y demás conveniencias).

Noemí se compra un paquete de Chesterfield del palo “he subido a Andorra”. Intentamos desayunar pero los bocadillos se quedan encima de la barra de la cafetería y me marcho con un acalorado “is imposibol chu it dis sangüich”. No consigo que el resto de clientes se vaya, he quedado como un friki. Es entonces cuando nos percatamos Noemí y yo que olemos muy mal.

Nos espachurramos en los comodísimos asientos cercanos a nuestra puerta de embarque; extrañados por la hora y porque en la pantalla de nuestra puerta pone “Paris”, nos acercamos al mostrador y cuando el gachón que nos atiende ve que en las cartas de embarque pone Barcelona, éste entra en cólera y en gabacho me grita; “¡ale, ale, embarqué, embarqué!

Yo parezco Paco Martínez Soria, cojo las bolsas nervioso y grito a Noemí con aquel grito de paleto que sólo los “pañoles” sabemos entonar: ¡IEJEEEEEE!; resuena en toda la terminal, algunos deben pensar : “mira, el tarado de los bocadillos”, Noemí no sabe si reír o llorar ya que el dolor abdominal persiste.

Por fin dentro del avión y apestando al personal con nuestros sobacos putrefactos nos reímos de todo y de nada y recordamos momentos del viaje que nos resultan graciosos.

 

Este viaje que comenzó en Casablanca, se suicida en el Hospital Clínic de Barcelona con diagnóstico de un doctor cubano simpatiquísimo y con Noemí tranquila al saber que: ¡no era un pedo!, tan sólo una pequeña ulcerita que sólo demanda Omeprazol y un poquito de dieta.

Y estas líneas se escriben con una Noemí totalmente recuperada y con más ganas de marcha que nunca y proponiéndome Brasil para el año que viene, a lo que yo le contesto: pero en Brasil no hay zocos ¿no?

1 VISIÓN DE MARRUECOS

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